Literary Reviews
EL REINO SUPERIOR EN LA POÉTICA DE AMELIA DEL CASTILLO, por Luis F. Gónzalez-Cruz (Tomado de Enfoque 3. Marzo 10 de 2019)
Luis F. González-Cruz
De las múltiples cuestiones que trata Amelia del Castillo en su amplia obra, hay dos que ayudan a definir su persona poética:la pesadumbre que provoca en el ser humano la conciencia de estar vivo, sujeto siempre a lo impredecible —el angst de los existencialistas, entre otros— y la voluntad de la poeta de vencer las limitaciones que le impone el medio circundante. El conflicto entre ella y su entorno es como una ecuación que, reafirmando su Yo, se siente obligada a resolver. Para desarrollar sus temas con la elegancia que la caracteriza, evade la anécdota demasiado directa, y se vale de alegorías que la emparientan con el Machado que proponía: “La historia confusa / y clara la pena” [“VI”,Soledades]. Me voy a referir a sólo uno de sus libros, Las aristas desnudas(Madrid: Editorial Betania, 1991).
    Allí nos muestra a un ser humano (a la larga ella misma) indefenso ante las adversidades que le presenta la vida, vulnerable, acongojado, efímero y fugaz como una mariposa. Escribe: “Duele / al hombre el día cada día, / la herida siempre abierta, / los dientes de la angustia, / el pan que lo esclaviza, / el puño, el vientre / y para más dolerse / le duele el corazón que se ha negado. [...] / Duele al hombre saber que irremediablemente / la mariposa azul / no es más que un rato de vida / entre dos vuelos” (Pág. 11). Aludiendo más directamente a su persona, la escritora se nos muestra repetidamente en un perenne desajuste con el orbe que la rodea. Resuelve entonces enmendar las imperfecciones del cotidiano vivir, del universo conocido que pretende entramparla. Ese mundo, que ella considera anómalo, ha de servirle, sin embargo, como punto de apoyo para dar un salto ontológico, para encumbrarse o empinarse. En “Confesión” aclara: “Estoy, / tan llena de mí misma que ando sola. / Estoy, / Señor, pero no alcanzo / la estatura del pájaro [...] / Estoy, / Señor, y necesito / un pedestal de luz para empinarme” (Pág. 12). En “Centinela” nos muestra la zozobra “del grano de arena condenado al desierto” (Pág. 13), que alude al confinamiento que sufre ese grano al estar rodeado por la vasta arena del desierto. Es evidente la referencia al disgusto que causa ser una cosa entre muchas otras iguales, un grano en medio de infinitos granos, y no poder distinguirse. Puesto que su salvación estriba en ser capaz de sobrepasar la inmediatez allanadora, se inventa una meta-realidad donde prima de nuevo lo ascensional para alcanzar un sitio donde no existan artefactos que midan el tiempo y morar allí eternamente: “No quise humedecer tu luz / y del costado me arranque una rosa / (mi costado de sal) / y del vacío me inventé una torre / con música y palomas /  y verdes y ventanas... / (sin relojes)” (“Por dentro”, Pág. 15). El intento es arduo, fatigoso y no muy bien mirado o recibido por los comunes granos de arena humanos que la rodean. La poeta, que en su afán de ascender se manifiesta como un ser excepcional, habrá de recibir por ello el desprecio de “los otros”. Concluye: “Empinarse, /  empinarse sabiendo que te escupen, / que te aplastan y quiebran las hormigas” (“Y más”, Pág. 18). No obstante, logra su propósito, como un demiurgo que, en su particular cosmogonía, comienza a dotar el universo recién creado de su propia idea de la belleza y la perfección después de trascender el espacio imperfecto donde le ha tocado vivir. Así se proyecta: “¿No la ves empinarse hasta la cima / como un pájaro ebrio de alborada? / ¿No la ves abrazarse al horizonte / vistiéndolo de luz y de poesía?” (Pág. 51). Consigue, pues, abandonar el peso causado por la humana gravedad limitadora mediante el ejercicio de su propia voluntad, justamente lo opuesto a la pasiva “iluminación elevadora” del místico. Apunta en “De pie”: “Si estoy de pie / es porque me levanto, / porque me empino / más allá de mi asombro y mi estatura / porque no aliento cicatrices / ni fantasmas, ni pasado” (Pág. 55). Esa voluntad férrea es la que, en definitiva, la lleva al ascenso salvador. Se compara a un junco en su poema “Siempre”: “Con la fuerza del junco / que se dobla, se agacha / solloza, se estremece / y se levanta / y se levanta / y se levanta siempre” (Pág. 57).
    La fuerte afirmación de la voluntad personal en lo que podría verse como una apoteosis deliberada del Yo lírico, queda hermosamente perfilada en su poema “Islas”, en el que Amelia se identifica con la patria dejada atrás. Poeta e isla se confunden en este canto de amor desolado: “Isla, / un solitario grito se te escapa / y va doliéndome prendido / a la voz que no encuentra la palabra / para decir tu voz: / la sola y única / arrancada a tu estirpe. / Lanza / afilada de miedo, / de impotencia y de lágrimas. / Isla, / islayer, islasiempre... / ‘ISLAYO’ ” (Pág. 40).
    Quizás uno de los motivos del medular desconsuelo que advertimos a través de las páginas de este libro sea la ruptura física que impone el exilio entre la escritora y su tierra. Si la poeta se siente fuera de lugar en el mundo ramplón que la rodea, se habrá de sentir doblemente desubicada por no poder siquiera vivir en el suelo donde nació. Este “complejo de apátrida” se convierte en condición esencial de su existencia dolorida. En “Extravío” declara: “Extranjera de siempre, peregrina; / ausente en el camino y del camino ajena. / Extraños el silencio, las voces, el sonido / del viento por mis huellas. / Y mis huellas extrañas / y extraño todo, todo. / ¿Hacia dónde mis pasos? / ¿El Norte por qué rumbo? / Y los rumbos iguales y mis pasos extraños / y extraño todo, todo” (Pág. 34). La poesía de Amelia del Castillo, personal, calculada, precisa y libre de estridencias, acaba por “empinarse” y “elevarse” desde su particularísima verdad hacia el reino de existencia superior al cual debe llegar la obra de todo auténtico creador.

 

(El Nuevo Herald) La salvaje inocencia o la inocente pornógrafa, por Manuel C Diaz - 01 de noviembre de 2018
La Salvaje Inocencia

Cuando en 1995 Zoé Valdés publicó en Francia su novela La nada cotidiana (bajo el título Le néant quotidien), muchos matrimonios parisinos descubrieron que leyéndola podían añadir un poco de pasión a sus aburridas vidas sexuales. Algunos, los más viejos, no perdían tiempo en las primeras escenas sino que iban directo, saltándose páginas, a las más ardientes y explícitas. Mientras lo hacían, se pedían en leves susurros: faire l’amourfaire l’amour. Y es que lo mismo en francés que en español, Zoé nunca ha utilizado circunloquios ni eufemismos para narrar un encuentro sexual.

Su novela más reciente, La salvaje inocencia (Editorial Verbum, 2018), es una prueba de ello. Escrita en primera persona con un lenguaje irreverente y transgresor, narra la historia de Desirée Fe, una niña cubana que despierta a la sexualidad (“Aprendí el deseo antes que el amor”) en la habanera iglesia de La Merced mientras se prepara para hacer la primera comunión. Un día, terminada la hora de las clases del coro, sorprende al padre Héctor y a la catequista Mariam, haciendo el amor en la sacristía: “De súbito, oí unos gemidos de placer. Seguí el trecho que me conducía a los ruidos y desemboqué frente a una pesada puerta de madera, entreabierta. Decidí empujarla con suavidad, entonces advertí, asombrada, que algo raro y excepcional estaba sucediendo”.

Así, entre los padrenuestros de la iglesia y las penurias materiales de su vida diaria en un solar de La Habana Vieja, Desirée Fe encontrará las claves que le permitirán pasar de la niñez a la adolescencia. Lo que sigue es, más que nada, una estupenda novela de iniciación; solo que se desarrolla en La Habana de los años setenta, entre la llamada irreversibilidad de la revolución y la llegada de los gusanos convertidos en mariposas. Desirée Fe es una joven que escucha la música de los Rolling Stones y Led Zeppelin con sus amigos Zamad, Luisa, Victoria, Tina y Andy, baila “coyurde” y todavía es virgen. Aunque no por mucho tiempo. En un encuentro casual en la playa de Guanabo con un hombre llamado Otto no solo se convierte en mujer sino que termina conociendo el verdadero amor: “La playa está solitaria. El mar parece un plato, de tan calmado, y el sol sigue picando fuerte. Me quito la ropa. Otto me observa. Nos acostamos en la arena. Uno al lado del otro, pero enseguida él...”

La salvaje inocencia es una novela fuerte. Hay que decirlo. Por una parte están las graficas escenas de sexo en algunos de sus capítulos; y por la otra, la detallada descripción de la espantosa vida diaria en una ciudad que, poco a poco, se aleja de la civilidad republicana para adentrarse en un ciclo de promiscuidad y deterioro moral. Es también una novela de gran contenido político. Desirée Fe ha debido ocultarles a todos -amigos, vecinos y amantes- que su padre cumple una condena de 30 años por contrarrevolucionario: ”Iniciamos entonces la larga odisea hasta la prisión donde se encuentra mi padre. Es el peor lugar del mundo. Atravieso junto a mi madre oficinas y corredores. Ahora me hallo frente a mi padre. Se le nota mucho más delgado y ha envejecido. Nos abrazamos y mi padre me dice al oído: ‘no llores; no le des ese gusto a esta gente”. La novela concluye con la excarcelación de miles de prisioneros políticos -entre ellos el padre de Desirée Fe- y los dramáticos sucesos de la embajada del Perú y el Éxodo del Mariel.

La salvaje inocencia, en la que es posible adivinar algunos elementos autobiográficos, está escrita de una manera directa y lineal. Sin rebuscamientos lingüísticos. En esta ocasión, quizás por la propia vertiginosidad del relato, Zoé Valdés ha prescindido de utilizar sus acostumbradas técnicas narrativas: puntos de vista múltiples, intrincadas estructuras argumentales y flashbacks. De lo que sí no ha prescindido es de su proverbial manera de decir, sin tapujos, lo que quiere decir. Aquí no hay penes ni vaginas. Esto es lo que es. Puro Zoé. O lo toma o lo deja.

(El Nuevo Herald) Confrontaciones, trece cuentos de temas y estilos diferentes, por Manuel C Diaz - 7 de diciembre de 2018
ConfrontacionesEl 13 siempre ha sido considerado un número de mala suerte. En la edad media, por ejemplo, 13 eran los peldaños en las escaleras que conducían a los condenados al patíbulo; 13 también era la cantidad de brujas en los grupos de hechiceros. Esas creencias, que se multiplicaron con el tiempo, han llegado hasta nuestros días: edificios que no tienen un piso 13 y personas que no salen de la casa los martes 13 de cada mes.

Por suerte para nosotros, el escritor José Abreu Felippe no cree en ellas. Lo sé porque en su libro de cuentos más reciente, Confrontaciones (Alexandria, 2018), hay 13 relatos. Pudo haber publicado 12, como los “peregrinos” de García Márquez, o 14, una cantidad arbitraria pero editorialmente apropiada. Pero no, Abreu Felippe, supersticiones aparte, escribió 13. No a propósito sino porque esa era la cantidad que había escrito desde que publicase sus dos libros de relatos anteriores: Cuentos mortales (2003) y Yo no soy vegetariano (2006).

Lo primero que debe decirse es que Confrontaciones es un libro de cuentos diferente a los anteriores. Estos relatos de ahora no son de planteamiento, nudo y desenlace. No lo son porque sus estructuras, aunque poseen continuidad argumental, se alejan con frecuencia del canon en busca de la innovación. Es cierto que la mayoría de las historias avanzan de una manera lineal; pero lo hacen balanceándose entre la reflexión, lo anecdótico y lo lúdico.

Lo otro que lo diferencia es su diversidad temática. Uno de los cuentos, El intruso, es de misterio: “Leonardo tenía la mano sobre el picaporte, a punto de hacerlo girar, pero aguardaba. Creía escuchar, al otro lado de la puerta, una respiración”. En otro se aborda un tema de polémica actualidad, como en el titulado Voy a ser mamá, en el que una pareja homosexual intenta tener un hijo de una manera poco ortodoxa: “Me acosté en el centro de la cama. Kike estaba en la sala esperando que le dijeran que podía pasar. Carlota colocó una sabana sobre mis senos y la extendió hasta cubrirme toda la cabeza. ‘No quiero que lo veas’, me susurró al oído”.

Hay algunos tremendamente eróticos, como Pajas, una extendida apología del onanismo. O como Plenilunio, un texto fuerte con escenas muy gráficas -aunque atenuadas por el humor- en el que se relata un encuentro fortuito entre un profesor cubanoamericano y una joven cubana recién llegada de la isla: “Pero, ¿tu padre era del cercano oriente? Ay, chico. Tú no sabes nada de Cuba. Palestino le llaman en La Habana a los orientales”.

El resto de los cuentos asombra por la vertiginosidad con la que Abreu puede resumir una vida: solo unas pocas páginas le bastan para describir los pasados, los presentes y los futuros de sus personajes: una anciana sentada en un portal esperando a su hijo; un escritor que sufre la muerte de un amigo; un niño al que le envenenan su perro. Historias cotidianas que al tratar del amor, de la amistad y de la infancia, se convierten en universales. Sus escenarios son típicamente urbanos y están descritos con una sorprendente meticulosidad visual.

Confrontaciones es un estupendo libro de cuentos, escrito con tanto oficio que todo parece estar en su sitio: nada falta, nada sobra. Y es que en cada una de sus páginas se siente el control que Abreu ejerce sobre el texto, lo mismo en los diálogos que en las descripciones. Son 13, sí; pero con ellos no hay mala suerte que valga.

José Abreu Felippe (La Habana, 1947), es poeta, narrador y dramaturgo. Ha publicado entre otros, El tiempo afuera (Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero, 2000) y El tiempo sometido (2016). Como dramaturgo ha dado a conocer Amar así (1988) y Tres piezas. Ha publicado, además, cinco novelas que conforman la pentalogia El olvido y la calma.
Literary Reviews



2018 All rights reserved. Powered by DigitArtGroup